At a certain point, your relatives become distant, begin
to die. Oliverio is dead, and the whole continent
has gone among the condors, ten months later,
raising their blowdarts; landholders died, anonymous
gladiators.
                     They have died ultimately in a poor way,
and so continue to die, as was foretold.
Emilio (whose turn is next) on his back on the floor,
trying or not trying to take out his gun; the small one,
he died—the newspaper editor, also among
the great raptors. My eternity died,
but no one’s come out to mourn it. Beatriz
may be dead with whom we always played
as if secretly predestined
to not break the spell as children
and lose face and gain instead
these realities. The brave capoeirista died before a work
in progress, among a shifting of robes
strung on uncertain tracks. In sum,
people who were my friends died; others whom I
could recognize surely have also died. Celia did, but
years ago, though sometimes I dream of her naked
and alive like the archangels in full chorus. Moisés
Lebensohn died and no other thing could have happened
given his mind: there were heart attacks
and cirrhosis—oh great king—in the opening
of my lungs that remember
under pressure, that forget
in full knowledge.
                                  My children live, but no longer know
who their Aunt Teodolinda was
who died. Classmates have died, teammates, apostles,
simple comrades in arms. Even enemies
who were also human—I’m referring to a few fallen businessmen—
who attached to me with sickened sympathies, but fair, inevitable
as death. I can be content
to be living: I open my eyes, jump
from bed, dress to leave to wait for other years,
like now as I close the door, look behind me
at the first half of my trajectory and search for places to go
into hiding with my obvious face. Saddened contentment,
darkening.

From the one excused to go to the bathroom my heart
leaps as if it were a piece of soap. I can hold the world
in my hands, said Beethoven, and I
could say it too, if it weren’t
for this soap that slips
from my grasp and so
no one wants it, despite
the fact that it’s washed more than one face,
drawn grime, leaves
in autumn; they overestimate
its foam, letting it expend
everywhere, from the one excused
to go to the bathroom, diluted
in the hot water that will drown
this laughter of the sorrowful.

Adioses

A cierta edad, los allegados se alejan, empiezan
a morir. Murió Oliverio y todo el continente
también murió entre los cóndores diez meses después para poder
erguir sus cerbatanas; murieron lugartenientes, gladiadores
anónimos. Se ha muerto últimamente
de mala manera y así se seguirá muriendo, como
estaba previsto: Emilio (al que le toque) de espaldas en el suelo,
tratando de sacar, o no sacar el arma; murió el petiso
aquel, corrector del diario, también entre las grandes
aves de rapiña. Murió mi eternidad,
pero nadie se ha dispuesto a velarla; a lo mejor
muere Beatriz con quien jugamos siempre
como si fuéramos criaturas predestinadas, secretamente,
para no romper el sortilegio y perder blasones y ganar
realidades. Murió el bravo capoerista frente a la obra
en construcción, entre un agitar de sotanas
enfiladas sobre rumbos inciertos. En fin, murieron
algunas personas de mi amistad; otras que conozco
de vista seguramente han muerto. Celia murió, pero
hace muchos años, aunque a veces sueño con ella desnuda
y viva como los arcángeles con toda su música. Murió Moisés
Lebensohn y no podía ocurrir otra cosa
con ciertas ideas: hubo muchos infartos
y cirrosis—oh gran rey—en la boca
de mis pulmones que recuerdan
a presión que olvidan
a sabiendas. Mis hijos viven, pero ya ni se acuerdan
de quién era la tía Teodolinda
que también murió. Compañeros del colegio han muerto, apósteles
y simples camaradas de armas y deportes. Hasta enemigos
y también hombres, a quienes me ligaban simpatías enfermas—me refiero a algunos comerciantes fallecidos—, pero justas, inevitables
como la muerte. Puedo estar contento
de estar vivo: abro los ojos, salto
de la cama, me visto, salgo a esperar otros años, como ahora
que cierro la puerta, miro hacia atrás la primera mitas
del camino y busco los lugares para emboscarme
a cara descubierta, a golpes. Alegrías pesarosas, funerales.

Del excusado al lavatorio salta mi corazón como si fuera
un jabón. Puedo tener el mundo
en mis manos, dijo Beethoven y también
lo podría decir yo, si no fuera
por este jabón que se resbala
de las manos y nadie
lo quiere por eso, a pesar
de que haya lavado más de una cara,
arrastrado alguna mugre, hojas
en el otoño; subestiman
su espuma dejándolo gastar
de aquí para allá, del excusado
al lavatorio, diluido
en el agua caliente que ahogará
las risas de los arrepentidos.